
"Hipopótamos: Cuando un país no gestiona la vida"
“Los animales no nos invadieron. Fuimos nosotros quienes los trajimos.”
Tal vez esa es la frase más incómoda de todo el debate sobre los hipopótamos en Colombia, porque rompe la narrativa más fácil: convertir a los animales en los culpables absolutos de una crisis que durante casi cuatro décadas los seres humanos decidimos no resolver.
Hoy Colombia discute si debe o no practicar la eutanasia a hipopótamos, pero esa no es la verdadera discusión. La verdadera discusión es mucho más profunda y más peligrosa: ¿cómo llegamos hasta aquí?
Porque el problema no apareció de un día para otro, se sabía que iba a crecer, había advertencias, evidencia técnica, experiencias internacionales, científicos alertando, comunidades preocupadas e instituciones observando cómo el problema aumentaba año tras año. Y aun así, el país decidió actuar tarde.
Ese es el verdadero fracaso, no solamente un fracaso ambiental, sino también institucional, ético y político. Porque cuando un Estado deja crecer una crisis durante años y solo actúa cuando se vuelve mediática, eso no es gestión pública, eso es llegar tarde. Y cuando un Estado llega tarde, las decisiones dejan de ser soluciones y se convierten en consecuencias.
Por eso el debate alrededor de los hipopótamos se volvió tan agresivo y tan polarizado. Ambientalistas por un lado y animalistas por el otro. Ciencia enfrentada con emoción. Ecosistemas enfrentados con seres sintientes. Mientras tanto, el diálogo se perdió.
Y quizás parte del problema es que Colombia sigue creyendo que la técnica y la sensibilidad deben caminar separadas.
Soy ingeniera. Creo en la ciencia, en la evidencia técnica y en la necesidad de escuchar a especialistas y científicos cuando advierten que una crisis está creciendo y que actuar tarde tendrá consecuencias mucho más dolorosas, pero también fui coautora ciudadana de la ley que reconoció a los animales como seres sintientes en Colombia y precisamente por eso entiendo que la técnica, por sí sola, tampoco puede convertirse en una herramienta fría que olvide el valor de la vida.
Ahí es donde el país necesita una conversación mucho más madura. Porque la verdadera ingeniería no debería limitarse únicamente a construir obras o resolver problemas cuando ya explotaron. La ingeniería también debe tener la capacidad de anticiparse, prevenir, integrar y proteger la vida.
Necesitamos una ingeniería con alma.
Una ingeniería capaz de entender que los ecosistemas, las comunidades y los animales no son variables separadas, sino parte del mismo sistema que hemos sido incapaces de gestionar a tiempo.
En verdad, proteger ecosistemas y proteger seres sintientes nunca debió convertirse en una guerra. Yo siento que estamos en el mismo equipo, pues el hábitat de los animales es el agua, los árboles y la naturaleza. Defender la biodiversidad y defender la vida animal no son causas opuestas, el verdadero desafío es construir un sistema capaz de integrarlas antes de que las crisis exploten.
Colombia sigue funcionando al revés: espera a que el problema crezca, espera a que el conflicto estalle, espera a que el país se polarice y solo entonces empieza a actuar. Y ahí aparece el mayor riesgo de todos: estamos abriendo la puerta para normalizar la cacería y la muerte como solución institucional.
Hoy son hipopótamos, pero mañana podrían ser otras especies, incluso perros y gatos ferales si el país continúa sin políticas serias de esterilización, control reproductivo, bienestar animal y gestión preventiva. Eso no es una exageración. Es exactamente lo que ocurre cuando las sociedades dejan crecer los problemas hasta que la única respuesta políticamente viable termina siendo eliminar sus consecuencias.
Y es que en medio de toda esta discusión hay una realidad brutal que casi nadie quiere decir: los que terminan pagando los platos rotos de un Estado que no hace nada son precisamente los animales. Ellos terminan atrapados entre la omisión, la corrupción, la improvisación, la falta de planeación, la ausencia de autoridad, la polarización y el miedo colectivo.
Por eso el verdadero debate no puede reducirse solamente a si la eutanasia es necesaria o no en algunos casos extremos. La pregunta de fondo es otra:
¿Por qué Colombia sigue construyendo sistemas que reaccionan ante la muerte, pero no saben gestionar la vida?
Porque proteger la vida no es solamente evitar la muerte, es gestionar la vida, es actuar antes de que las crisis colapsen, es construir diálogo antes de que aparezca la guerra entre sectores, es tomar decisiones difíciles a tiempo, es invertir en prevención y no únicamente en contención, es crear institucionalidad real y no respuestas improvisadas cada vez que un problema se vuelve tendencia nacional.
Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo, pero para hacerlo, Colombia necesita abandonar la comodidad de no decidir y empezar a construir un verdadero sistema de gestión de la vida: con ciencia, con ética, con diálogo, con trazabilidad, con prevención, con bienestar animal, con protección ambiental y con capacidad real de actuar antes de que todo se vuelva irreversible.
Cuando un país pierde la capacidad de gestionar la vida, termina administrando tragedias. Y las tragedias siempre terminan recayendo sobre los más vulnerables, en este caso, los animales.
Ing. Yerly Mozo.
Ingeniería con Alma.
Especialista en Estado, Políticas Públicas y Desarrollo